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   Historia Mitos y Leyendas

Cabeza de Vaca (leyenda)
Salió de San Lúcar de Barrameda llevando cinco navíos con seiscientos hombres, entre los que iba como Tesorero y Alguacil Mayor Alvaro Núñez Cabeza de Vaca


Pánfilo Narváez obtuvo autorización del rey para descubrir y conquistar nuevas tierras al Norte de las ya descubiertas, y el 17 de junio de 1527 salió de San Lúcar de Barrameda llevando cinco navíos con seiscientos hombres, entre los que iba como Tesorero y Alguacil Mayor Alvaro Núñez Cabeza de Vaca.

Fue muy desgraciada aquella expedición, pues desde que tocó las primeras islas, 150 hombres abandonaron a Narváez, quien sólo con cuatro navíos continuó su empresa. A inmediaciones de la Habana los sorprendió una tormenta y fueron a encontrar tierra hasta las costas de la Florida donde desembarcaron el 16 de abril de 1528 siendo recibidos hostilmente por los naturales y sifriendo mil penalidades, pues se relata que tuvieron que comerse los caballos hasta que éstos se acabaron, lo que sucedió el 22 de septiembre del año últimamente mencionado.

Se embarcaron entonces cinco canoas que a duras penas soportaba el peso de la gente. Navegaron más de treinta días desembarcando algunas veces para proveerse de agua y víveres ya apoderándose de algunas canoas de indios para facilitar su navegación; pero repartiéndose así la gente y haciéndose en consecuencia más fácil su pérdida.

La tormentas empezaron a separar aquellas barcas zozobrando algunas y ahogándose sus tripulantes; otras alcanzaron las costas por diferentes puntos.

La barca en que iba Cabeza de Vaca fue arrojada a la costa por un golpe de mar, y los hombres, después de algunos días de descanso, se embarcaron de nuevo; pero la canoa zozobró, salvándose sólo Cabeza de Vaca y tres de sus compañeros.

Cabeza de Vaca encontró en tierra con Andrés Dorantes y Alonso del Castillo que andaban también perdidos. Cuatro de aquellos náufragos partieron en busca de socorros rumbo al Río Pánuco creyéndolo muy cercano, y otro grupo vagaba por la costa en condiciones tan penosas, que entre cuatro mataron a uno de ellos para comérselo; los tres restantes hicieron lo mismo con con otro y entre los dos últimos se entabló la lucha, comiéndose el vencedor al vencido.

Cosa análoga sucedió con el grupo de Nárváez que quedó en tierra, pues la barca fue arrebatada de la playa por el viento llevándose a Narváez y otros dos españoles de quienes Cabeza de Vaca nada volvió a saber.

Por fín, sólo cuatro de aquellos expedicionarios lograron escapar de la muerte: Alvaro Núñez Cabeza de Vaca, natural de Jerez de la Frontera, (Esp.) Alonso del Castillo Maldonado, natural de Salamanca, (Esp.) Andrés Dorantes, de Béjar (Esp.) y el negro alárabe llamado Estebanico, natural de Azamor.

Enteramente desnudos caminaron en busca de cristianos atravesando en Continente desde las costas del Atlántico en la Florida, hasta las del Pacífico de Sonora y Sinaloa. Llegaron a hablar seis idiomas de la costa del Atlántico; pero continuando la marcha acabaron por encontrar pueblos con cuyos moradores les fue imposible entenderse. Estos pueblos, por fortuna, los tomaron por médicos, circunstancia que les preservó la vida. Cobraron un gran prestigio como curanderos y gran número de indios les seguía llevando víveres y regalos. Al pasar por algunos pueblos los indígenas se aglomeraban para ser tocados en la cabeza o en las manos por la mano de algunos de los aventureros, con lo cual se consideraban preservados de las enfermedades.

Para aquella época los conquistadores de Sinaloa operaban por la región ubicada entre Culiacán y Tamazula. En Petatlán había sabido Pedro Almendes Chirinos (o Peralmindes Chirinos) que en la tierra adentro había algunos hombres blancos que traían consigo a un negro, curaban enfermedades y resucitaban muertos, caminando acompañados de una muchedumbre.

Los capitanes Cebreros y Diego de Alcaráz, con otros cuatro de a caballo decidieron ir en busca de aquellos hombres de quienes les habían informado eran Cabeza de Vaca, Castillo Maldonado, Dorantes y el negro Estebanico quienes después de muchos trabajos habían llegado al río Yaquimí donde estuvieron quince días hasta que llegó un indio que les dijo: “Dioses: (así llamaban a estos peregrinos) ¿Por qué estáis tristes y melancólicos?... Ellos dijeron la causa de su tristeza y el indio replicó que se consolasen, que cerca de aquel punto estaban muchos hombres como ellos, que andaban en unos animales ligerísimos. Con esto recobraron algo de tranquilidad los peregrinos y se marcharon en busca de los españoles con la creencia de que se encontraban muy cerca de la ciudad de México.

En una ranchería de Tamazula, Castillo Maldonado vio al cuello de una india una pequeña hebilla de espada y atada a ésta un clavo de herrar. Interrogada por la procedencia de aquellos objetos les dijo que ella acababa de venir del cielo; pero viendo la insistencia de Castillo Maldonado le dijo que aquellos objetos se los habían dado unos hombres bárbaros que eran del cielo y habían llegado a aquel río sobre unos animales feroces, que traían un instrumento como el trueno y el relámpago, ceñidos con espadas y con lanzas en las manos. Que tales hombres se habían ido a la mar, se habían metido bajo el agua y los habían visto después sobre las aguas a la puesta del sol.
Con esta nueva se alentaron y seguidos por muchos indios siguieron su camino. Aquel día, al ponerse el sol, encontraron una cruz de madera muy alta y alrededor de ella huellas de caballos; se incaron y adoraron la cruz dando gracias a Dios y siendo imitados por los indios.

Después de mucho caminar llegaron a un pueblo situado en lo alto de la sierra; allí había mucha gente que los recibió cariñosamente y les regaló más de mil fanegas de maíz que ellos dieron a los indios que los acompañaban y a los cuales despidieron, quedándose más de quinientos con mujeres y niños.

Adelantándose Cabeza de vaca, Estebanico y once indios, encontraron al capitán Cebreros con tres de a caballo en un lugar llamado Los Ojuelos, a una jornada de Tzinaloa en el Ríos Petatlán. Despidieron a los indígenas que se fueron llorando. Quinientos indígenas se quedaron allí y formaron dos pueblos cercano uno del otro en el Río Patatlán: uno se llamó Popuchi y el otro Apucha.

El capitán Diego de Alcaráz, sin miramientos a las penalidades de aquellos hombres, quiso hacer esclavos y herrar a los indios que los acompañaban, oponiéndose enérgicamente Cabeza de Vaca y sus compañeros. Los indios huyeron perdiendo con esto Cabeza de Vaca cuanto había reunido de valor y de curiosidad.
Nuño de Guzmán quiso aprovechar el prestigio e influencia de Cabeza de Vaca y sus compañeros para pacificar aquellos pueblos; pero nada pudo obtenerse a pesar de aquella intervención. Entonces Diego de Alcaráz envió a Cabeza de Vaca y sus acompañantes presos a Culiacán, siendo muy mal tratados por Cebreros, que fue quien los condujo. El 15 de Mayo de 1536 llegaron a Culiacán siendo llevados pocos días después a Compostela y presentado por fín al Virrey en México el 23 de Julio de 1536. Hicieron al Virrey una relación maravillosa de cuanto habían visto, despertando la curiosidad y el deseo de ir en busca de aquellas tierras fértiles y de tan grandes perspectivas.

Cabeza de Vaca permaneció dos meses en México y salió para Veracruz para embarcarse para España. Naufragó su embarcación; pero fue recogido por una armada de Portugal llagando a Lisboa el 9 de agosto de 1537, o sea diez años después de haberse embarcado para América
 
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Lic. Perla Ruiz

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